Sobre el ángel que vive arriba. – No puedo acogerle. – Con dificultad murmuré..

Sobre el ángel que vive arriba.

-No puedo aceptarte. – Apenas hablé, mirando al exhausto gatito. – Lo único… -Me levanté de mi asiento y corrí al piso de arriba.

Al abrir el piso, cogí leche de la nevera y tomé un platito. Bajé corriendo las escaleras, lo puse en el suelo y lo llené casi hasta el borde.

Al ver la comida, el pobre se animó y se tambaleó para correr más cerca.

Retumbó, se frotó contra mis pies y lamió con avidez la leche fresca. – Le susurré que no se asustara y pensé en llevármelo a mi casa.

Mamá nunca aceptaría mi aventura.

Pero quizá debería intentarlo.

Qué demonios, me sacudí inmediatamente mis pensamientos. Ella odia a los animales.

Cuando mi desesperación alcanzó un punto crítico, alcé la vista y apenas susurré a mi ángel.

-Por favor, dulce ángel, si puedes oírme, ayuda a este pobre chico. No puedo cambiar nada, pero tengo mucho miedo de que muera. Tengo padres y no hay nadie que lo proteja…”

Cerré los ojos y apenas pude contener las lágrimas.

Me quedaré con él hasta que vengan mis padres, pensé, y me quedé sentada en las escaleras.

Me quedé dormida sentada en el frío suelo abrazando al pobre chico.

-Dimka. – Me llamó mi compañera de piso. – ¿Qué haces aquí?

-Hola, tía Marina. – Abrí los brazos y ella vio al bebé esponjoso.

-Oh, qué mono. – Se mortificó y volvió a mirarme. – Vete a casa y yo cuidaré de él.

-¿Me lo prometes? – Miré dubitativo a mi compañero de piso.

-Por supuesto, buen hombre, vete, vete, no te preocupes.

Me levanté, me sacudí los pantalones y caminé sin prisa hasta mi piso.

En casa me dormí en un momento y cuando llamaron mis padres, hasta me sobresalté de la sorpresa.

Tienen llaves, pensé mientras me dirigía a la puerta.

-¿Quién es? –

-Somos nosotros. – Oí la voz de mi madre. – Abre, tenemos las manos ocupadas.

-Giré la cerradura y vi montañas de bolsas. Otra vez de compras pensé, recordando que la gatita no tenía ni para comer. Gastar inútilmente en vestidos que sólo se usan una vez es la forma de hacer las cosas de mamá. Pero cuidar de los que necesitan ayuda…

-Y ahora tenemos una charla seria para ti. – Papá empezó en cuanto cerró la puerta tras de sí.

Le miré, sin saber a dónde quería llegar.

-Alguien tiró un gatito a la escalera y no sé qué me dio, pero no pude superarlo… Mamá casi llora. Hemos decidido acogerlo, pero ¿necesitamos tu consentimiento? – Mi padre me miró interrogante y yo me aferré a ellos con una sonrisa de felicidad.

Por la noche el rufián peludo se había calmado. Y cuando nos fuimos a la cama lo apreté contra mí y le dije.

Mira, en el piso de arriba vive un ángel.

Autor: Shturenkov Serguéi

Fuente: iseemir.ru

¿Te ha gustado el artículo? Compártelo en Facebook:

Disclaimer | Privacy Policy | Terms of Use